![]() La legitimación a través de la historiografía en Portugal y Castilla en la baja Edad MediaCovadonga Valdaliso Casanova Universidad de Valladolid
Pese a su obviedad, la base de partida de la comunicación que presentamos es la tan manida frase “la Historia la escriben los vencedores”. Es ésta una premisa que no debemos olvidar cuando nos planteamos el estudio y análisis de la cronística oficial medieval, de sus contenidos o de sus propósitos, porque trabajamos con una producción historiográfica escrita por y para el poder, condicionada desde la primera línea del texto. Cuando un autor recibía la orden por parte del rey de escribir una crónica sabía que ésta debía ser breve y exhaustiva[1], clara en la exposición y fiel a los hechos; pero también subyacía tras los mandatos reales un encargo no formulado, a veces ni siquiera dicho de palabra, pero sí esperado. El autor debía adelantarse a los deseos del monarca, de algún modo mecenas de la obra, transmitiendo lo que quería oír y, sobre todo, lo que deseaba que quedase registrado para la posteridad. Por ello, en toda crónica hay una intencionalidad parcialmente oculta, una razón no expresada. Sabiendo cuál va a ser el hilo de su narración y buscando el modo de estructurar su obra, el historiador se transforma en narrador, consciente de que en sus manos está toda la información y es libre para escoger lo que contar. Ejemplificar dos casos en los que el cronista busca legitimar dinastías reales de origen bastardo será el cometido de nuestra comunicación. Intentaremos ver cómo Pedro López de Ayala escribió, a fines del siglo XIV, una crónica del rey don Pedro I de Castilla que buscaba afirmar las bases en el poder de los recién instalados Trastámara, y cómo el portugués Fernão Lopes tomó dicha crónica como fuente a la hora de redactar su propia obra cronística, que pretendía asegurar en el trono a los Avís. En 1369 el conde Enrique de Trastámara asesinó en Montiel a su hermanastro Pedro I, legítimo rey castellano, e inauguró así una dinastía que ocupó el trono hasta la muerte de la reina Juana, casi dos siglos más tarde[2]. Aun muerto el rey don Pedro, no era en el Trastámara, por su condición de bastardo, en quien debía recaer el poder, y si su gobierno se mantuvo en los primeros y más críticos años fue gracias al apoyo de una buena parte de la alta nobleza. La elaboración de una serie de argumentos que venían difundiéndose desde la guerra civil anterior al regicidio proporcionó un primer apoyo teórico a la nueva dinastía: mesianismo, tiranicidio y antijudaísmo eran los principales elementos para justificar la presencia de Enrique a la cabeza de Castilla. Asimismo, se dispuso en la corte real que tuviese continuidad la redacción de la cronística regia oficial, interrumpida en los últimos años de reinado de Alfonso XI, labor para la que se designó al Canciller Mayor de Castilla Pedro López de Ayala. En su tarea de registro de los reinados de Pedro I y los primeros Trastámara, Ayala debía construir para la posteridad un discurso histórico en el que quedase reflejada, por encima de todo, la necesidad de eliminar a un rey que no actúa en base a la justicia. Los argumentos utilizados por Enrique de Trastámara se habían venido divulgando fundamentalmente a través de dos vías: los documentos oficiales que la chancillería enriqueña venía emitiendo desde 1367, y los romances creados en el transcurso del conflicto bélico[3]. María Rábade Obrado analizó la manera en que la propaganda política se plasma en los primeros formularios cancillerescos salidos del entorno de Enrique, para después ir evolucionando hasta caracterizar a la nueva dinastía[4]. La autora entiende que la finalidad de estos elementos propagandísticos no sólo consistía en legitimar la rebelión, sino también en garantizar el devenir sin sobresaltos del reino y proyectar la nueva dinastía hacia el futuro, asegurando la continuidad dinástica. El proceso de legitimación se estructura en base a cuatro categorías: se cuestiona el reinado de Pedro I, se ensalza la autoridad regia de Enrique II – contraponiendo los hechos de uno y otro rey -, se apela a la continuidad dinástica – entendiendo que el predecesor de Enrique fue Alfonso XI y que Juan I será su sucesor -, y se establece una relación entre el nuevo rey y la Iglesia castellana. Ya en las Cortes de Burgos de 1367, convocadas por el Trastámara en plena guerra civil, se trazaba la historia del reinado de Pedro I y se destacaba la figura de Enrique, ensalzando sus virtudes, presentándole como restaurador, liberador de los súbditos humillados y de la Iglesia afrentada, destinatario de las mercedes divinas, impulsado a rebelarse por servir a Dios[5]. En un estudio anterior al citado, Julio Valdeón Baruque subraya la tiranía como principal acusación a don Pedro en estos primeros documentos enriqueños[6]. Un rey tirano era, por un lado, el que se había apoderado del trono de manera ilícita; y por otro, el que abusaba del poder, el que rebasaba los límites impuestos por la ética[7]. Desde el plano teórico, el debate sobre la legitimación del tiranicidio venía formulándose ya en Castilla hacía algunos siglos, pero había una tendencia general al rechazo[8]. Importa aquí precisar mejor cuál es la postura adoptada por Ayala en su escrito. La Crónica de don Pedro es, en su conjunto, la narración de un reinado que supone la quiebra de la continuidad política castellana, y de una serie de años de guerras que se expondrán, en especial en el caso de la guerra civil, como ejemplo de las consecuencias del mal gobierno. Al mismo tiempo, traza el retrato de un monarca cuyas acciones le conducen a la pérdida del trono, y prefigura, mediante la introducción de episodios proféticos y la contraposición de los dos personajes, el perfil de un Enrique II dotado de ciertos elementos de carácter mesiánico. Colocándonos en el lugar del Canciller Ayala, entendemos que el cronista partió de dos premisas de inicio a la hora de comenzar a escribir: la tarea de justificar el regicidio como línea principal y constante para estructurar el discurso, y la finalidad asociada por la tradición cronística a toda obra de este tipo. La premisa del discurso histórico medieval, procedente de y asumida por el poder que organiza la realidad histórica del pasado y del presente, es la idea de que la Historia escrita es un archivo de ejemplos de virtud y debilidad[9]. La Historia en el Medioevo era exemplum, conocimiento de los fechos de los hombres a lo largo de las edades para extraer lección de sus acciones[10]. Una crónica se compilaba para ser leída con el propósito de formar y educar en el presente, utilizando el pretérito, de cara al futuro. Aquí reside la doble dimensión de la cronística, en su condición de registro historiográfico y, al mismo tiempo, texto formativo-didáctico que relaciona directamente la educación moral y la ética política. Cuando Ayala escribe sobre Pedro I ejemplifica, en cierto modo, cómo se puede llegar a perder el poder, y cómo la suma de pecados y la ausencia de virtudes conduce a la muerte y a la condena eterna, o al menos a la condena de la memoria entre los hombres. Partiendo ya de que la ejemplaridad de la Historia está plenamente presente en la obra ayalina, resulta sin embargo muy difícil precisar la posición del autor frente a los hechos. La vida del Canciller recoge cinco reinados de la historia castellana, y su calidad de noble de primera fila se complementa con las múltiples facetas que llegó a desempeñar. Hombre de armas y letras, primogénito de una poderosa familia que le haría heredero del señorío de Vizcaya, extremadamente culto, traductor, poeta y moralista, consejero de reyes y encargado de importantes misiones diplomáticas, aristócrata convencido de los privilegios de su clase, historiador, ..., en Ayala se confunden el pasivo escritor y el activo guerrero; el nostálgico que narra con parquedad aparente los hechos del pasado, y el personaje crucial en algunos episodios de la historia de Castilla. Junto a Pedro I se formó, compartiendo días de caza en los primeros años de juventud, y luego batallas y pleitos. En algún momento impreciso del año 1366, probablemente tras el abandono de Burgos por parte de don Pedro y su posterior salida de Castilla[11], Ayala cambia de bando y pasa a apoyar al bastardo Enrique. Prisionero en la batalla de Nájera tras la victoria de don Pedro y el Príncipe de Gales, seguirá junto al Trastámara y se verá, tras el asesinato de Montiel, beneficiado de sus famosas mercedes. El momento en que comienza a escribir es impreciso. Según indicará Alvar García de Santamaría en el Proemio a la Crónica de Juan II, la composición de las crónicas de Ayala responde a una orden de Enrique II[12]; pero ello no quiere decir que el autor se dispusiese a la tarea inmediatamente o que, por el contrario, no hubiese comenzado antes. La hipótesis que aceptamos es la siguiente: comenzó a escribir, quizá incluso antes de recibir el pedido por parte del rey, en torno a 1378-79, una Crónica de Pedro I y Enrique II que estaría acabada en 1383, y conocida hoy como versión Primitiva. A continuación, el Canciller participa en el conflicto luso-castellano y es encarcelado tras la batalla de Aljubarrota de 1385; permanece unos años preso en Portugal y, a su regreso a Castilla, retoma su tarea rescribiendo de nuevo las crónicas de Pedro I y Enrique II y continuando con Juan I y Enrique III[13]. Suscribimos la teoría de que Ayala dibuja, con don Pedro, el perfil moral de un antimodelo de rey[14]. Personaje un tanto ambiguo en los primeros años de la crónica, rey mancebo – que se deja gobernar -, desde el momento en que decide desoír los consejos de sus allegados se singulariza, y a partir de los acontecimientos que le hacen ver que su trono peligra comienza a mostrarse duro y castigador, justiciero, combinando virtudes como la astucia, el valor y el poderío, con defectos como la ausencia de clemencia, la codicia y la lujuria. Un rey, en suma, visceral, las más de las veces mal aconsejado, amante apasionado de María de Padilla, aficionado también a aventuras amorosas con otras mujeres, asociado con la guerra, vengativo y rencoroso, violento y sañudo, supersticioso, perseguido por los fantasmas de su conciencia y por avisos proféticos de su triste fin. De acuerdo a los presupuestos teóricos del momento, el léxico de los textos medievales traía consigo una serie de connotaciones con las que trabajaban los cronistas del siglo XIV: los vocablos que remiten a la inteligencia se cargan de sentido positivo, mientras voluntad, cumplir su voluntad, querer o talante, sin adjetivación ni precisiones contextuales, tienen un sentido negativo[15]. El don Pedro de Ayala ignora los buenos consejos y se mueve por pasiones, poniendo su voluntad y sus impulsos por delante del bien de Castilla [16]. La Crónica de don Pedro en su versión Vulgar[17] es una obra reelaborada, revisada de manera que Pedro López quedara implicado lo menos posible[18]. Ayala necesitaba justificar su deserción ante sus propios contemporáneos, ante futuros lectores y ante su propia conciencia[19]. Es la voz historiográfica de la nueva dinastía, el portavoz de los nobles que abandonaron a Pedro I[20]. Debieron caer sobre él también oscuras sospechas, miradas atentas que buscaban atisbar cualquier ligero síntoma de petrismo en el que militara durante tantos años en el bando de la legitimidad. Por ello no puede permitirse discrepar del mandato de la casa reinante; como tampoco puede dejar en mal lugar la actuación de las principales figuras de las grandes casas castellanas, entre las que se incluía. Sin embargo, su relato del reinado de Pedro I omite ciertos elementos detractores muy utilizados por los Trastámara, como la calumnia que hacía del rey hijo de un judío llamado Pero Gil – de la que deriva el calificativo de emperegilados con que se designa a sus seguidores y con la que se intenta encauzar contra el monarca el antisemitismo del pueblo[21]. Dejando de lado las notables diferencias entre las versiones Primitiva y Vulgar – omisión en la segunda de muchos momentos en los que el propio Canciller aparece como personaje de primera línea y diferente relato de algunos episodios[22] -, y las evidentes intromisiones en el escrito de continuadores y copistas, en el texto de Ayala se trasluce la melancolía del que narra los recuerdos de su juventud. Ayala secunda los fines de la nueva dinastía, pero lo hace a su modo: Pedro I perdió el trono, y la vida, como consecuencia de sus malas acciones de gobierno y, en última instancia, porque así lo quisieron los designios divinos, porque Enrique era el elegido. La crónica inserta así el acontecer histórico en el marco de la providencia[23], dejando en el aire una cierta falta de convicción, o de comprensión de los hechos, por parte del cronista. Pasado no mucho tiempo del regicidio de Montiel, el hijo de Enrique, Juan I, entró en Portugal y se enfrentó a aquellos que se oponían a sus derechos al trono como esposo de la heredera de Fernando I. Derrotadas las tropas castellanas en la batalla de Aljubarrota, pasa a ser rey el maestre de Avís e inaugura a su vez una nueva dinastía, también en base al hijo bastardo del penúltimo rey. Se plantea en la corte portuguesa un problema paralelo al castellano: dejar constancia para los años venideros de que el cambio dinástico no ha sido accidental sino necesario. El entonces infante don Duarte encarga a su escribano, el antiguo tabelião y en esos momentos guardador-mor del archivo real Fernão Lopes, escribir la historia de todos los reyes portugueses, desde Alfonso Enríquez hasta Juan I. Las crónicas de los siete primeros reinados se consideran hoy perdidas[24], pero en las tres que se conservan pueden encontrarse rasgos suficientes para defender una tesis hoy apoyada por todos los especialistas: que Fernão Lopes argumenta a favor de una causa irregular a la luz del derecho medieval; y lo hace utilizando como esquema para las tres crónicas el discurso que João das Regras pronunciara en las Cortes de Coimbra de 1385[25]. Dicho discurso intentaba probar que, dentro del derecho establecido, ninguno de los herederos dinásticos lo era de manera legítima, por lo que el trono estaba vacío y las Cortes podían legalmente elegir rey[26]; y expone las conclusiones del proceso demostrativo que Lopes venía elaborando a lo largo de las obras anteriores: la razón que asistía a los portugueses en su lucha con Castilla[27]. Aunque las tres crónicas están compuestas de acuerdo a planes autónomos y diferentes, pese a que cada una posee formas discursivas nucleares que no se repiten en las otras, hay factores de cohesión. La introducción del maestre de Avís en la Crónica del-rrei D. Pedro, con un relevo injustificado cronológicamente, sólo se comprende considerando el dominio que el fundador de la nueva dinastía ejerce sobre el conjunto de la obra[28]. Lopes crea una red de asociaciones a través de frecuentes referencias textuales, que anticipan la crónica siguiente o recuerdan lo que fue escrito en la anterior. Según A. J. Saraiva, las fases de confección de la obra son tres: el comienzo, bajo la dirección inmediata del entonces infante; la continuación, cuando Lopes queda a cargo de la autoría total tras la subida al trono del citado infante; y la etapa final tras la muerte del ya rey, por orden del regente don Pedro[29]. En cualquiera de las fases el escritor se encuentra bajo la dependencia de la monarquía, representando a la corte. La carta de D. Duarte que da cuenta del famoso encargo – poer em Caronyca as estorias dos Reys que antygamente em Portugal forom esso mesmo os grandes feytos e altos do muy uertuosso E de grãdes uertudes El-Rey meu Senhor e padre - está fechada a 19 de marzo de 1434, pero se considera que la labor fue encomendada anteriormente, y que este año sólo se confirma[30]. La intención de don Duarte estaba directamente relacionada con la coyuntura en que tiene lugar el encargo: construir los pilares de una memoria y una conciencia colectivas, consciente de que Historia e identidad son factores indisociables y necesarios en el proceso de afirmación del Estado y de la nación[31]. La monarquía portuguesa se pone a la tarea de confirmar por escrito lo que venía defendiéndose desde la Revolución de 1383-5 y consolidar las bases de la nueva dinastía. Y el cronista, en todo momento bajo la dependencia de la monarquía, y como tal su representante, será el encargado de reflejarlo. En la carta, D. Duarte subraya de manera específica que la tarea consistirá en escribir las crónicas de los reyes portugueses anteriores a D. Juan, por un lado, y la crónica de D. Juan, por otro. La diferenciación es, además de clara, significativa, porque coloca al último reinado como vértice hacia el que han de converger las obras anteriores. El primer Avís, aún reinante cuando se inicia la escritura, habrá de estar de algún modo presente en el reinado de los monarcas que le precedieron, para acentuar el carácter de continuidad que supone el propio. La Crónica del-rrei D. Pedro[32] sirve para ir viendo cómo evoluciona el escrito de Lopes, para encontrar algunos elementos en su estado embrionario. Al mismo tiempo, es el texto que garantiza la legitimidad del maestre de Avís – mediante el sueño premonitorio del monarca – y en el que se expone el perfil del soberano ideal, constituyendo su prólogo una suerte de breve espejo de príncipes dedicado, probablemente, a D. Duarte[33]. En el correspondiente prólogo a la segunda parte de la Crónica de D. João I, Lopes aludirá a esta costumbre de dar cuenta al comienzo de cada crónica de las virtudes o “bondades” de cada rey, para elaborar así unos panegíricos, elogios que, en el caso de don Pedro, se entrelazan con las consideraciones sobre la justicia como virtud regia motivadas por el cognomen del rey[34]. En todo momento el término justicia viene acompañado de un vocabulario semánticamente positivo, y caracteriza al monarca directamente[35]. Tanto el prólogo como el primer capítulo de la crónica constituyen un conjunto de elogios que, unidos a la frase final o evaluación - “e diziam as gentes que tais dez anos nunca houvera em Portugal como estes que reinara el-rei Dom Pedro” - colocan el reinado como modélico, imagen de la paz y la prosperidad que se espera en un Portugal recientemente salido de un conflicto. Una vez la crónica ha dado inicio, Fernão Lopes equilibra los tintes negativos de D. Pedro I, el espíritu en cierto modo anormal, el criterio puritano, la justicia brutal, con las escenas del rey bailando en las calles, su gusto por la buena comida, su amor por Inés de Castro, aspectos simpáticos que humanizan extraordinariamente al personaje[36]. Es D. Pedro una figura dibujada mediante rasgos extremos pero complementarios, pasional y rencoroso, capaz de jurar amor eterno y también de mostrar la más feroz crueldad vengativa. Condicionado en parte por la escasez de informaciones en torno al rey portugués y por la brevedad de su reinado, y deseoso de equilibrar las dimensiones de la crónica ampliando sus contenidos, Lopes recurre a narrar lo que paralelamente ocurre en el vecino reino de Castilla. Será, asimismo, necesario conocer los orígenes de la guerra civil castellana para entrar de lleno en el momento en que Portugal se involucra en el conflicto, ya en época de D. Fernando. Pero, sobre todo, servirá a sus fines plasmar un retrato del monarca castellano Pedro I, aparentemente caracterizado por su cronista como la antítesis del rey justo. Colocadas en paralelo las crónicas de Ayala y Lopes, resulta evidente que el castellano fue la principal fuente utilizada por el portugués a la hora de redactar la Crónica del-rrei D. Pedro en lo que concierne a la parte que se ocupa de Castilla. Aunque en Lopes no hay una explícita comparación de las actuaciones de los dos monarcas[37], la crónica que nos presenta a Pedro de Portugal como un rey ante todo justo y generoso colocará en paralelo, por contraposición, al tirano y codicioso Pedro de Castilla. Así verá el lector hasta que punto las virtudes de un monarca hacen de su reinado una época de paz y prosperidad, y su ausencia lleva a la guerra y el desastre. Fernão Lopes encontró, por tanto, un escrito en el que se legitimaba una dinastía bastarda, en el que se distinguía como premisa a la monarquía como institución de la figura del rey como individuo, y en el que se construía un personaje histórico en base a una condena de raíz ético-política. Lopes y Ayala escriben desde ópticas diferentes: la burguesía emergente y la alta nobleza; pero en ambos casos representan a los pilares sociales de las nuevas dinastías, y comparten el fin de legitimarlas. El Canciller, sin llegar a justificar el tiranicidio, argumenta en base al castigo divino, que cae sobre un rey que mata a sus vasallos. El portugués, que utiliza también el mesianismo para revestir a la figura de Juan I – como Ayala con Enrique -, coloca a los Avís como símbolo de la independencia frente a Castilla, y hace recaer el origen del poder real en el buen desempeño de las tareas de gobierno. Transgredir las normas sucesorias pone en tela de juicio los fundamentos teóricos de la propia monarquía como institución, y la historiografía oficial del reino es un buen modo de ratificar las irregularidades sucesorias replanteando y asentando los pilares de la cumbre del poder. Si para Ayala, según indica indirectamente, el origen del poder real es divino, para Lopes está, en último caso, en manos del pueblo. Ambas concepciones derivan de las ideas de Tomás de Aquino, reinterpretadas al servicio de los intereses de cada caso concreto.
Notas [1] Michel Garcia y Jean-Pierre Jardin, “El didactismo de las sumas de crónicas”, Diablotexto 3 (1996), p.78-81. [2] La mayor parte de los historiadores entienden que la época trastámara recoge desde el asesinato de Pedro I hasta la muerte de Isabel la Católica, pero creemos que Juana I no debe ser olvidada pues, aunque apartada del gobierno, hasta su muerte fue la legítima reina de Castilla, y sólo con Carlos I se inaugura la dinastía de los Austrias. [3] El ciclo de romances de Pedro el Cruel crea la figura de un monarca cuyo corazón va endureciéndose acosado por visiones sobrenaturales que le anuncian una muerte violenta y sin heredero, tal y como Ayala refleja en su crónica a través de las profecías. Del mismo modo, en ambos casos don Fadrique y doña Blanca aparecen como víctimas idealizadas. Diversos autores han demostrado que muchos de los episodios descritos en la crónica están basados en romances que hoy conocemos sólo a través de versiones del siglo XVI. Ver sobre ello, entre otros, Ramón Menéndez-Pidal, Estudios sobre el Romancero, Madrid, Ed. Espasa-Calpe, 1973, p.28; Rafael Lapesa, “El Canciller Ayala”, en De Ayala a Ayala, Madrid, Ed. Istmo, 1988, p.32 y 33; y Louise Mirrer-Singer, “The language of evaluation. A sociolinguistic approach to narrative structure in the Romancero del rey D. Pedro and in Pedro López de Ayala’s Crónica del rey D. Pedro”, La coronica VIII, nº 2 (1980), p.217 y 218. [4] María Rábade Obrado, “Simbología y propaganda política en los formularios cancillerescos de Enrique II de Castilla”, En la España Medieval 18 (1995), p.223-229. [5] Ibid. [6] Julio Valdeón Baruque, “La propaganda ideológica como arma de combate de Enrique de Trastámara (1366-1369)”, Historia, Instituciones, Documentos 19 (1992), p.459-467. [7] Esta diferenciación aparece ya en las Partidas de Alfonso X el Sabio. José Manuel Nieto Soria, Fundamentos ideológicos del poder real en Castilla (siglos XIII-XVI), Madrid, Universidad Complutense, 1988, p.184. [8] Ibid., p.186. [9] Rafael Beltrán, “Trama narrativa y experiencia temporal. Lecturas ejemplares de historias romanas”, Diablotexto 3 (1996), p.25. [10] Rafael Beltrán y Marta Haro Cortés, “Pretexto” en el monográfico “El saber y el tiempo. Historia y ejemplaridad en la literatura medieval”, Diablotexto 3 (1996), p.11. [11] Nótese que en este punto de la crónica Ayala insiste en que muchos nobles tomaron el partido de don Enrique, justificándose no ya sólo en base a la errónea conducta de don Pedro respecto a sus súbditos – por el ajusticiamiento de muchos de sus vasallos – sino al abandono del reino por parte del rey, desamparando a la ciudad de Burgos pese a las súplicas de sus vecinos y huyendo de Castilla en busca de refuerzos cuando el bastardo acababa de entrar dispuesto a coronarse y detentar el poder. Es significativo que desde este momento el relator se referirá a Enrique como rey, aunque sólo tres capítulos más tarde hablará de la nomenclatura y, a propósito de la coronación de Enrique en Las Huelgas, dirá que en adelante la crónica hablará simultáneamente a dos reyes. [12] Germán Orduña, El arte narrativo y poético del Canciller Ayala, Madrid, CSIC, 1998, p.179. Según este autor, Alvar García de Santamaría retomó la labor cronística allí donde Ayala la había abandonado, es decir, en el sexto año de la Crónica de Enrique III, en 1396. [13] La datación de las obras, las diferentes versiones que se conservan y la exclusiva autoría de Ayala, especialmente en lo que concierne a las últimas crónicas, son aún cuestiones complejas que provocan discrepancias entre los filólogos que las han abordado. Ignorando el citado texto de Alvar García de Santamaría, Michel Garcia afirma que el proyecto de redactar las crónicas nació en la segunda mitad del reinado de Juan I, un momento caracterizado por la multiplicación de las convocatorias de Cortes, que constituirían el contexto ideal para el fermento de la obra. Aunque preferimos retrasar la primera redacción hasta la década de los setenta, la sugerencia de M. Garcia no dejará de tenerse en cuenta al estudiar el marco que acompaña a la composición de la segunda versión. Ver Michel Garcia, Obra y personalidad del Canciller Ayala, Madrid, Ed. Alhambra, 1983, p.164. [14] J. N. Ferro, “El intertexto político de las Crónicas del Canciller Ayala”, Incipit X (1990), p.65-86. [15] J. N. Ferro, “Ética, Política y lenguaje en los textos medievales”, Incipit XV (1995), p.123-129. [16] El retrato final que cierra la crónica resume la imagen trazada por Ayala. Junto a virtudes como la mesura en el comer y el beber se colocan excesos como la codicia y la lujuria, y una condena final: mato muchos en su rregno, por lo qual le vino todo el daño que auedes oydo. E por ende diremos aquí los que dixo el propheta Dauid: “Agora los reyes aprendet, e seed castigados todos los que judgades el mundo, ca grand juyzio e marauilloso fue este e muy espantable”. Pedro López de Ayala, Crónica del Rey Don Pedro y del Rrey Don Enrique, su hermano, hijos del rey don Alfonso Onceno, Vol II, Edición crítica y notas de Germán Orduña, Estudio preliminar de Germán Orduña y José Luis Moure, Buenos Aires, SECRIT, 1997, p.291. [17] Utilizamos la edición Germán Orduña y José Luís Moure, Crónica del Rey Don Pedro y delRrey Don Enrique, su hermano, hijos del rey don Alfonso Onceno, Vol I, Buenos Aires, SECRIT, 1994; Vol. II, 1997. [18] Michel Garcia, Obra y personalidad, p.139. [19] Alan D. Deyermond, Historia de la Literatura española. Edad Media, Barcelona, Ed. Ariel, 1989 (13ª ed.), p.255 y 256. [20] Muchos son los autores que señalan al cronista Ayala como paradigma de su clase y defensor de los privilegios de sus iguales. Ver, entre otros, José Luis Martín, “Defensa y justificación de la dinastía Trastámara. Las Crónicas de Pedro López de Ayala”, Espacio, Tiempo y Forma, Serie III, Historia Medieval, t. 3 (1990), p.158. [21] Del mismo modo, la crónica manipula algunos documentos de origen Trastámara que trataban con excesiva dureza al rey. Ver, por ejemplo, José Luis Moure, “La correspondencia entre Enrique II y el Príncipe de Gales en las versiones Vulgar y Abreviada de las crónicas del Canciller Ayala”, Incipit, 4 (1984), p.93-109. [22] La segunda versión es más amplia y subraya los tintes negativos del retrato de don Pedro. Apuntamos la posibilidad de que la primera no satisficiese los deseos de los Trastámara, lo que obligó a Ayala a reelaborarla. [23] Alan D. Deyermond, “Edad Media” en Francisco Rico (dir.), Historia y crítica de la Literatura española, Vol. I, Barcelona, Ed. Crítica, 1979, p.413. [24] Aparecieron a mediados del siglo XX unos manuscritos de dudosa autoría que algunos identifican con las crónicas perdidas de Lopes. Ver sobre esto José Manuel Sant’Ana de Matos Transcrição e transcriação. O aproveitamento por Fernão Lopes dos textos de López de Ayala, (tesis doctoral), Universidad de Cáceres, septiembre de 2000, p.107-117. [25] Fernão Lopes, História de uma Revolução. Primeira parte da Crónica de El-Rei D. João I de Boa memória , Actualização do texto, introdução e notas de José Hermano Saraiva, Lisboa, Publicações Europa-América, 1990 (2ª ed.) caps. 183-190. [26] António José Saraiva, O Crepúsculo da Idade Média em Portugal, Lisboa, Ed. Gradiva, 1998 (5º ed.), p.178-179. [27] António José Saraiva, Fernão Lopes, Lisboa, Publicações Europa-América, s/a., p.31. [28] Teresa Amado, “Os textos historiográficos. Fernão Lopes”, en V.V.A.A., História da Literatura Portuguesa I. Das Origens ao Cancioneiro Geral, Lisboa, Publicações Alfa, 2001, p.452. [29] António José Saraiva, Fernão Lopes, p.18, 20 y 21. [30] Teresa Amado, “Os textos historiográficos. Fernão Lopes”, p.445. [31] Mª Leonor Carvalhão Buescu, História da Literatura.. Síntese da Cultura Portuguesa, Lisboa, Impressa Nacional Casa da Moeda, 1991, p.22. [32] Hemos consultado sólo dos de las ediciones de la obra, Fernão Lopes, Crónica de D. Pedro, Edizione critica con introduzione e glosario a cura di Giuliano Macchi, Roma, Edizioni dell’Ateneo, 1966, y Fernão Lopes, Crónica de D. Pedro, Organização, prefácio e notas de António Borges Coelho, Lisboa, Livros Horizonte, 1977. [33] Flora Sussekind, “Fernão Lopes: Literatura mas com certidão de verdade”, Colóquio/Letras 81 (1984), p.5-15. [34] Albin Eduard Beau, “Os elementos panegíricos nas crónicas de Fernão Lopes”, en Estudos Vol.. I, p.41-61. [35] Dulce Elisabete Manso da F. Sanches de Carvalho, Normalização do Corpus Medieval. Crónicas de D. Pedro e de D. Fernando. Fernão Lopes (Dissertação de Mestrado), Universidade Nova de Lisboa, enero de 1996, p.192 y 193. [36] P.E. Russell, As fontes de Fernão Lopes, Coimbra Editora, 1941, p.16. [37] Emilio Mitre Fernández, “La historiografía bajomedieval ante la revolución trastámara: propaganda política y moralismo”, Estudios de Historia Medieval en homenaje a Luis Suárez Fernández, Valladolid, Universidad de Valladolid, 1991, p.342. ![]() | |||||||
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